El ciclo anual del olivo

Tras pasar el invierno sumido en un profundo letargo, es en primavera, verano y otoño cuando el olivo atraviesa la mayor parte de sus fases, todas ellas dependientes de cómo hayan evolucionado las yemas.

Al igual que otras plantas, el olivo se rige por un ciclo de desarrollo ligado a las estaciones del año. Así, tras pasar el invierno en un profundo estado de letargo, es en primavera, verano y otoño cuando atraviesa la mayor parte de sus etapas. Cada una de ellas dependerá de cómo hayan evolucionado las yemas.

Mientras que algunas de las yemas que brotan del olivo se convertirán en flores que darán forma al fruto, otras se proyectarán hacia el futuro, convirtiéndose en los primeros brotes y ramas. Estas ramas, a su vez, generarán nuevas yemas para que este ciclo esté siempre garantizado.

Este y otros ciclos posteriores se conocen en el mundo agronómico como etapas fenológicas y, como hemos visto, la primera corresponde a la brotación.

En este proceso, el origen de todo se concentra en las yemas, que, en realidad, protegen una versión reducida y latente de las partes superiores del árbol en el futuro.

En el caso del olivo, estas yemas se encuentran en la axila de la hoja, aunque también pueden encontrarse ocultas en la madera más vieja. Desde el momento en que muestran sus primeros signos de actividad, pueden evolucionar en dos direcciones. Así, algunas florecen en un racimo de flores, mientras que otras dan vida a un nuevo brote con hojas. Teniendo en cuenta esta diferencia, hablamos de yemas florales y vegetativas.

Las diferencias visuales entre ambos son apenas perceptibles cuando están cerrados. Tampoco se hacen evidentes al observar su ubicación en el árbol, ya que ambos tipos eligen un lugar recóndito para crecer, exactamente donde la hoja se une a la ramita.

El futuro de estas yemas dependerá de los diversos mecanismos bioquímicos que tienen lugar justo antes de la llegada del invierno, que analizaremos con más detalle en futuras ediciones.

Comienza la brotación

En ambos casos, la llegada de la primavera trae consigo un aumento gradual de las temperaturas y más horas de luz. Esto desencadena el inicio del proceso de brotación en el árbol. Un renacer, ahora que se ha superado el invierno.

Lógicamente, en las regiones más cálidas, este fenómeno tiene lugar antes que en las zonas frías. En España, esta diferencia climática puede llegar a ser de hasta dos meses, con los primeros olivares brotando a principios de marzo y los últimos a finales de abril.

Cuando este proceso comienza, las yemas abren las hojas nuevas a medida que estas se extienden por el borde exterior, dando así lugar al crecimiento de una nueva rama. Debe quedar claro en esta explicación que los árboles crecen a partir de sus brotes y no, como se cree popularmente, «estirando» sus ramas o su tronco.

Este crecimiento será más rápido o más lento dependiendo de condiciones como la disponibilidad de agua y luz, y las condiciones nutricionales y sanitarias. Por eso es de vital importancia que el crecimiento sea suficiente, ya que en estas nuevas ramas se desarrollarán otras hojas y otras yemas nuevas, lo que permitirá que el olivo florezca al año siguiente y, por lo tanto, proporcione una cosecha futura fructífera.

En esta fase, el patrón de crecimiento de las yemas es siempre el mismo: dos hojas que emergen en direcciones opuestas en cada entrenudo, girando 90º en el siguiente entrenudo.

La variedad cromática como indicador de cambio

Por otra parte, todos hemos visto que los olivos no pierden sus hojas en invierno. Al contrario, estas caen de forma gradual y natural cuando se vuelven amarillas al alcanzar los dos o tres años de edad. Este fenómeno se aprecia más fácilmente en primavera, justo cuando han aparecido suficientes hojas nuevas.

La brotación cambia el aspecto de estos árboles debido a la savia que las raíces empujan hacia las hojas. Se trata de un claro signo de vida que oscurece o aclara las hojas como preludio de su siguiente etapa: la floración.