Una mejor gestión del suelo, y no la agricultura intensiva, salvará los olivares mediterráneos
Parece que el cambio climático ya está aquí, y el sector del aceite de oliva podría ser el primero en sufrir las consecuencias. Por suerte, ya sabemos qué hacer.
Andalucía, la zona olivarera más importante del mundo, se enfrenta a dos cosechas perdidas consecutivas.
Las temperaturas primaverales récord de 2022 han ido seguidas de una sequía inusual (y luego de inundaciones extremas) en 2023. El cambio climático ha llegado, y la industria del aceite de oliva podría ser la primera en la línea de fuego. Podríamos estar ante un periodo de volatilidad, perturbaciones y, en el peor de los casos, colapso ecológico.
Si es al menos posible que algo se haya roto en Andalucía… podría tratarse de una catástrofe ecológica, económica y social a escala nacional y de todo el sector. Se necesita una respuesta por parte del gobierno y las empresas.
Los máximos históricos de los precios mundiales son el primer impacto de la crisis. Una gran noticia para los agricultores con rendimiento. Pero mala para los procesadores, las marcas y los clientes. Los precios elevados implican la sustitución por aceites de cocina más baratos e incentivan el fraude por parte de los proveedores. Y los auges casi siempre conducen a caídas, lo que puede acabar con las inversiones basadas en esos precios más altos. Como se dice en el sector energético, «la cura para los precios altos son los precios altos».
Para las marcas y los procesadores, la respuesta obvia es encontrar nuevas fuentes de suministro y empezar a plantar en otras regiones: cuanto más eficientes, mejor. Así pues, la inversión en plantaciones de densidad muy alta en Portugal parece estar acelerándose, y en Túnez, la otra gran zona de crecimiento reciente de la producción, la estrategia de promoción de las exportaciones del Gobierno también consiste en impulsar la «renovación» de la producción actual mediante el cultivo de altísima densidad.
Pero volver a hacer lo mismo podría ser un error.
Mi empresa, Amfora, vende aceite de oliva virgen extra procedente de agricultores que practican la agricultura regenerativa. Creemos firmemente en la ciencia y en los beneficios de la regeneración del suelo.
Desde esta perspectiva, la crisis actual en Andalucía no es ninguna sorpresa. Es el resultado, anunciado desde hace tiempo, del colapso de la biodiversidad, la degradación del suelo, los ciclos hídricos alterados y, a su vez, las técnicas de uso intensivo de insumos que fomenta el cultivo de olivo de altísima densidad.
Aprovechar esta crisis para extender las prácticas intensivas en insumos no ayudará a nuestro sector a adaptarse al cambio climático, sino que lo hará más vulnerable. En última instancia, extenderá el desastre ecológico a regiones aún no afectadas.
Es fácil comprender cómo los olivares de uso intensivo de insumos dañan los ecosistemas. Cuando se arrancan olivares centenarios para crear hileras de alta densidad, la demanda de nutrientes aumenta más allá de la capacidad del suelo, que no ha sido nutrido, para proporcionarlos y renovarse.
Los fertilizantes artificiales satisfacen esa demanda pero, al mismo tiempo, alteran las redes de intercambio microbiano-fúngico que, según sabemos ahora, sustentan la vida del suelo, reduciendo aún más la fertilidad natural. Para reducir la competencia por el alimento y el agua, los agricultores aplican herbicidas para eliminar las malas hierbas, dejando el suelo desnudo y mermando la biodiversidad que sustenta a los depredadores naturales de plagas como la mosca del olivo. Los pesticidas se vuelven necesarios para mantener la calidad y el rendimiento. También se necesitan fungicidas para proteger a los árboles, ahora más susceptibles a las infecciones, lo que acaba con cualquier hongo beneficioso que quede.
Así que ahora gran parte del cultivo del olivo andaluz se desarrolla en un desierto de monocultivo, mantenido únicamente por insumos químicos: un terreno rocoso y seco, tierra, no suelo, que contiene poca materia orgánica y retiene muy poca agua; la evapotranspiración de la planta y del suelo que antes generaba lluvia ha desaparecido. El aumento de la demanda de agua solo puede provenir de los acuíferos locales, que ya no se renuevan. Cuando llueve, el agua se queda en la superficie y provoca inundaciones.
Se trata de una cascada que se autoalimenta: un bucle de retroalimentación positiva que explica lo que estamos presenciando en 2023. Los hidrólogos denominan al resultado final «sequía-incendio-inundación». Podemos ver cómo funciona esto en California, otra región donde la agrosilvicultura de alta densidad es la norma. Mientras que Andalucía, al menos hasta ahora, se ha librado de los incendios, las inundaciones y la sequía parecen ser fenómenos nuevos y persistentes.
¿Y ahora qué? ¿Qué grado de certeza tenemos de que esto es real? ¿Tenemos que dar por perdidos los miles de millones invertidos en la producción intensiva de aceite de oliva en el sur de España? ¿Qué podemos hacer?
En primer lugar, es obvio que nadie lo sabe. Dos cosechas fallidas consecutivas podrían ser un hecho excepcional. La cosecha de 2024/25 podría ser enorme, y los precios podrían normalizarse. Podrían aparecer nuevas fuentes de suministro, compensando la volatilidad de la producción andaluza.
Pero aunque no podamos estar seguros de que se trate de un cambio estructural, sí podemos medar su potencial impacto. Si es al menos possible que algo se haya rompido en Andalucía, responsable de casi el 40 porciente de la producción mundial de aceite de oliva, podría ser una catástrofe ecologica, economica y social a nivel nacional y para todo el sector. Se necesita una respuesta por parte del gobierno y las empresas.
Afortunadamente, es demasiado pronto para dar por perdida la región. Los olivos no están destinados a destruir los ecosistemas. Son una especie clave en la región; pueden mantener la tierra unida, extraer agua de las profundidades del subsuelo para que la utilicen otras especies, proporcionar un hábitat rico y otros servicios medioambientales —por no mencionar una alimentación deliciosa y saludable para las comunidades humanas. Pueden volver a hacerlo.
Las soluciones no son nuevas ni difíciles; ya sabemos qué hacer. Científicos españoles, como Millán Millán, director del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo en Valencia, llevan décadas investigando los ciclos del agua y cómo repararlos.
Sabemos que las plantas ayudan a crear su propia lluvia. La revegetación de terrenos abandonados y la ralentización de la escorrentía de las cuencas hidrográficas mediante cisternas, zanjas y canales de drenaje son soluciones a nivel paisajístico. La creación de refugios de biodiversidad, como setos y corredores para recuperar a los depredadores, puede reducir la necesidad de biocidas.
Como señala Dimitri Tsitos, del proyecto Arbo-Innova, la siembra de cultivos de cobertura en olivares de alta densidad puede contribuir en gran medida a aumentar la fertilidad, reducir la temperatura del suelo y potenciar la retención de agua en el suelo. Arbo-Innova es una iniciativa muy interesante y totalmente nueva para ayudar a regenerar los olivares de alta densidad en la Península Ibérica, respaldada por consultoras líderes como Soil Capital Farming.
Las adaptaciones a nivel de paisaje podrían reducir las superficies de cultivo y, por lo tanto, la producción por explotación. Sin embargo, el ahorro en los costes de insputs a nivel de parcela puede suponer que las explotaciones obtengan más beneficios. Los agricultores podrían ver un aumento en el rendimiento global a medida que los suelos recobran vida.
Se necesitan cambios de mentalidad; el suelo arado entre los árboles siempre fue señal de una plantación «ordenada». En cambio, los agricultores deberían enorgullecerse de la rica biomasa vegetal y la biodiversidad, sabiendo que el intercambio de exudados de las raíces está alimentando a sus árboles.
La cobertura sin labranza es solo el principio; la integración de animales, e incluso la sintrópica, son posibles intervenciones futuras. Un aceite de mejor sabor y más nutritivo podría traducirse en mejores precios y oportunidades para reformar el sector.
Los nuevos modelos de comercialización, como el de Amfora, también pueden ayudar; eliminamos a los intermediarios, lo que permite a los agricultores regenerativos obtener una mayor parte del precio final. En general, apenas hemos arañado la superficie de las ganancias de productividad que ofrece la revolución de la regeneración.
El cambio climático es global, pero el mundo está formado por paisajes; hay medidas sencillas que los agricultores pueden tomar para proteger y renovar los suyos. Colectivamente, podemos evitar el desastre e incluso mejorar las cosas y hacerlas más resilientes. Reconozcamos el problema y actuemos.

Eurof Uppington
Eurof Uppington es el director ejecutivo y fundador de Amfora, un minorista de aceite de oliva con sede en Suiza centrado en promover la sostenibilidad.