Un nuevo estudio no encuentra relación entre la dieta y la reducción del riesgo de demencia
El estudio no encontró ninguna relación entre seguir una dieta mediterránea modificada y una menor incidencia de demencia. No obstante, los investigadores señalaron que la dieta probablemente siga siendo uno de los muchos factores que influyen.
Un estudio a gran escala y a largo plazo no ha encontrado ninguna relación entre seguir una dieta de tipo mediterráneo y un menor riesgo de demencia.
El estudio, publicado en Neurology, hizo un seguimiento de casi 30 000 personas durante unos 20 años. El objetivo de los investigadores desde el principio era determinar si la dieta podía reducir el riesgo de desarrollar una serie de trastornos cognitivos.
Uno de los retos de un intervalo de estudio tan largo es que no se pudieron seguir los hábitos alimentarios de forma longitudinal a lo largo del periodo para evaluar posibles cambios en los mismos. Por lo tanto, los resultados se ven cuestionados por posibles factores de confusión.
El estudio reveló que seguir las recomendaciones dietéticas convencionales o una dieta mediterránea modificada (en la que las grasas alimentarias procedían del aceite de oliva y del aceite vegetal, debido al bajo consumo del primero en Suecia) no se asociaba de manera significativa con una reducción del riesgo de desarrollar demencia por cualquier causa, la enfermedad de Alzheimer o demencia vascular.
Los investigadores añadieron que los resultados eran similares al excluir a los participantes que desarrollaron demencia en un plazo de cinco años y a aquellos con diabetes.
Véase también: Noticias de salud«Se prevé que los casos de demencia se tripliquen durante los próximos 30 años, lo que pone de relieve la importancia de identificar factores de riesgo modificables para la demencia», escribieron los investigadores.
Los científicos basaron sus resultados en los hábitos alimentarios de más de 28 000 residentes de la ciudad sueca de Malmö, nacidos entre 1923 y 1950, que habían participado en el estudio prospectivo «Estudio sueco de base poblacional sobre la dieta y el cáncer de Malmö» entre 1991 y 1996, con un seguimiento de los casos de demencia hasta 2014.
Durante ese periodo, casi el 7 % de los participantes desarrolló diferentes tipos de demencia. No se asoció ninguna dieta específica con la presencia de marcadores de la enfermedad de Alzheimer en los pacientes afectados.
«Los hábitos alimentarios se evaluaron mediante un diario alimentario de siete días, un cuestionario detallado de frecuencia alimentaria y una entrevista de una hora», escribieron los investigadores.
Estudios anteriores han demostrado los beneficios de seguir la dieta mediterránea para la cognición y la función cerebral, especialmente en adultos mayores.
Un estudio de 2021 publicado en Clinical Nutrition reveló que los participantes experimentaron mejoras «de leves a moderadas» en varios ámbitos cognitivos tras seguir la dieta mediterránea durante tres años, en comparación con un grupo de control. Las mejoras incluyeron la memoria espacial, visual y verbal, así como la capacidad de atención.
En otro estudio de 2022 de la Universidad de Harvard, los investigadores descubrieron que seguir una dieta mediterránea «verde», con un bajo consumo de carne roja, protegía al cerebro de la atrofia cerebral relacionada con la edad.
Aun así, la nueva investigación sueca confirmó los resultados de dos estudios realizados por la Asociación Médica Americana en 2019, que incluyeron a miles de personas pero no encontraron pruebas de que la dieta, incluida la dieta mediterránea, afectara al riesgo de desarrollar demencia.
Al comentar el estudio sueco, Nils Peters, neurólogo de la Klinik Hirslanden en Suiza, y Benedetta Nacmias, profesora asociada de neurología en la Universidad de Florencia, Italia, observaron que «la dieta como factor aislado puede no tener un efecto lo suficientemente fuerte sobre la cognición, pero es más probable que se considere como un factor integrado con varios otros, cuya suma puede influir en el curso de la función cognitiva».
Otros factores incluyen el ejercicio regular, el tabaquismo, el consumo de alcohol y el estrés.
«Uno de los retos de un intervalo de estudio tan largo es que no se pudieron seguir los hábitos alimentarios de forma longitudinal a lo largo del periodo para evaluar posibles cambios en los mismos», explicó Peters a Live Science.
«Por lo tanto, los resultados se ven cuestionados por posibles factores de confusión, como cambios en los hábitos alimenticios, cambios en el estilo de vida o nuevas afecciones médicas que han surgido con el tiempo», concluyó.