La UICN analiza las ventajas y desventajas de los olivares intensivos frente a los tradicionales

La organización concluyó que los plantaciones tradicionales son mejores para la biodiversidad, pero menos rentables. Las plantaciones intensivas son más rentables, pero dan lugar a monocultivos a gran escala.

Un estudio publicado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) analizó los perfiles de sostenibilidad de diferentes tipos de olivares y los comparó con otros cultivos oleaginosos.

Desde su fundación en 1948, la UICN ha estado a la vanguardia de los esfuerzos de conservación a nivel mundial, aportando información fundamental sobre la salud de nuestro planeta. Se revisaron los resultados de la investigación académica sobre diferentes zonas de cultivo del olivo y tipos de gestión, así como su impacto en la biodiversidad, los servicios ecosistémicos y los rendimientos.

El estudio recomendó adoptar un enfoque sistémico, que debería incluir «la forma en que se producen, comercializan y consumen estos cultivos, así como el contexto socioeconómico en el que se inscriben estas cadenas de valor».

No hay mucha diferencia entre el impacto del cultivo tradicional (monocultivo) y el del cultivo intensivo y superintensivo sobre la biodiversidad. En estos dos últimos casos, solo se produce una mayor superficie cubierta. — Beatriz Lozano, investigadora del suelo, Universidad de Córdoba

Según artículos académicos revisados por un experto en olivicultura especialmente seleccionado, los olivares tradicionales pueden presentar una mayor biodiversidad, pero suelen obtener rendimientos más bajos. Además, se observó una riqueza de especies vegetales un 40 % mayor en entornos ecológicos en comparación con los sistemas convencionales.

Por el contrario, el estudio destacó que el cultivo intensivo (de alta densidad) tiene un impacto negativo más significativo sobre las especies de aves invernantes, cuya riqueza ha disminuido significativamente en los olivares superintensivos (de densidad muy alta).

El estudio de la UICN destacó el crecimiento inicial más lento del olivo perenne, con un tiempo medio hasta la producción inicial de entre tres y cinco años, y su alta susceptibilidad a plagas y enfermedades como inconvenientes en comparación con los cultivos oleaginosos anuales. Aun así, gracias a su larga vida (500 años de media), los olivos pueden tolerar la sequía y los suelos pobres.

Véase también: Los antiguos olivares de Capri son reservas de biodiversidad

El estudio también se centró en el aspecto vital de las necesidades hídricas. Entre los cultivos oleaginosos considerados, los olivares tienen la mayor huella hídrica, con una cantidad anual de 14 500 metros cúbicos de agua necesarios para producir una tonelada de aceite. Le siguen el lino con 9.400 metros cúbicos, el maní con 7.500 metros cúbicos y el girasol con 6.800 metros cúbicos anuales.

Los olivares son tradicionalmente de secano y tienen árboles muy espaciados (entre 80 y 120 por hectárea), ya que suelen cultivarse en la región mediterránea. 

Debido a su profundo sistema radicular, los olivos son muy tolerantes a la sequía. Sin embargo, son muy sensibles a la cantidad de precipitaciones recibidas durante el invierno.

No se puede garan­tir el desar­rollo óptimo de la drupa del olivo en caso de es­ca­se­cia de agua pro­lon­gada y tem­pera­turas extremas, como las que se viv­ieron en la primavera y el ver­ano en toda España y gran parte del resto de la cuenca del Mediterráneo en 2022 y 2023, cuando la producción de aceite de oliva cayó a mínimos históricos.

De hecho, la escasez de agua supone un riesgo cada vez mayor para los cultivos oleícolas debido al cambio climático. El estudio también destaca los efectos adversos de los extensos monocultivos de olivos sobre los patrones de lluvia y climáticos en todo el mundo, y prevé que «se prevé que los fenómenos meteorológicos extremos se vuelvan significativamente más frecuentes, lo que provocará reducciones sustanciales en la producción de cultivos oleaginosos».

«No hay que olvidar que el paisaje tradicional de olivares de España es un monocultivo, con todas las consecuencias que ello conlleva para la biodiversidad. Su impacto ecológico es considerable», afirmó Beatriz Lozano, miembro del equipo de investigación sobre uso y gestión sostenible de los suelos del Departamento de Química Agrícola, Edafología y Microbiología de la Universidad de Córdoba.

La creciente introducción del cultivo intensivo (de 200 a 600 árboles por hectárea) y superintensivo (de 1.000 a 2.000 árboles por hectárea) del olivo, con el uso generalizado del riego, ha sido una tendencia al alza en España durante la última década, especialmente en la provincia andaluza de Jaén. 

Esta inten­si­fi­ca­ción reduce los costes de la cose­cha, a­umenta la pro­duc­ción y dis­mi­ne­ce el impacto de la nat­ura­l­idad del olivo de tener una pro­duc­ción al­ter­na. 

Ciclo de alternancia

Los olivos tienen un ciclo natural en el que se alternan años de alta y baja producción, conocidos como «años de cosecha» y «años de reposo», respectivamente. Durante un año de cosecha, los olivos producen una mayor cantidad de frutos, lo que se traduce en un aumento de la producción de aceite de oliva. Por el contrario, un «año de baja producción» se caracteriza por un rendimiento reducido de aceitunas debido al estrés del anterior «año de alta producción». Los productores de aceite de oliva suelen hacer un seguimiento de estos ciclos para anticiparse y planificar las variaciones en la producción.

Sin embargo, «no hay mucha diferencia entre el impacto del cultivo tradicional y el del cultivo intensivo y superintensivo sobre la biodiversidad», afirmó Lozano. «En los dos últimos casos, solo se produce una mayor superficie cubierta».

El estudio de la UICN subrayó además que, al ser un cultivo perenne, el olivo puede minimizar la pérdida de ecosistemas naturales y de biodiversidad si se cultiva en policultivo, lo que permite que se desarrolle una vegetación compleja en el olivar. Por lo tanto, los olivos pueden desempeñar un papel crucial en el mantenimiento de la calidad de los hábitats.

Véase también: Cómo la agricultura intensiva y el cultivo del olivo afectan a la salud del suelo

Se ha descubierto que la inte­gra­ción de olivos y culti­vos como parte de un si­ste­ma de culti­vo en hileras silvoagrícolas pro­por­ciona ser­vicios ecosistémicos —beneficios que las personas obtienen de los ecosistemas— tales como la resta­ura­ción del suelo, la conservación del agua, la regulación del clima y la mejora de la biodiversidad. 

En 2022, Lozano y su equipo llevaron a cabo un estudio sobre los cultivos intercalados en olivares mediterráneos de secano, en el marco del proyecto Diverfarming de la Unión Europea, en el que «el objetivo de los cultivos de cobertura era mejorar la biodiversidad y la calidad del suelo, así como aumentar los ingresos de los agricultores».

Las medidas de conservación sostenible del suelo, como el cultivo intercalado de azafrán (Crocus sativus) o lavanda (Lavandula x intermedia) en olivares no regados «pueden ser muy eficaces para prevenir la erosión del suelo y mejorar sus propiedades», afirmó Lozano.

Sin embargo, también advirtió que «las variables climáticas pueden tener un profundo impacto, especialmente en el sistema tradicional de cultivo del olivo», y que «la cosecha de un cultivo de cobertura puede no estar garantizada». Además, «es muy difícil obtener un rendimiento económico positivo de un segundo cultivo en los pasillos de los olivares no regados».

«En épocas de grave escasez de agua, que afecta incluso a los olivos, que son muy resistentes a la sequía, los cultivos de cobertura apenas pueden soportar la falta de agua y a menudo han demostrado ser insostenibles como fuente adicional de ingresos para los olivicultores», añadió Lozano.

A pesar de los riesgos asociados a la viabilidad de los cultivos de cobertura en olivares no regados, «en general, recientemente se ha producido una expansión de los cultivos de cobertura en los olivares españoles, impulsada por subvenciones específicas de la UE», afirmó Lozano. 

De hecho, los datos oficiales sobre la superficie de olivares con cultivos de cobertura intercalados muestran un impresionante aumento, pasando de 1,4 millones de hectáreas en 2022 —antes de que entrara en vigor la última versión de la Política Agrícola Común (PAC) en 2023— a 2,4 millones de hectáreas en marzo de 2024.

Como ejemplos prácticos, dos proyectos en España relacionados con el cultivo intercalado en olivares —incluidas iniciativas para promover la biodiversidad a través de la apicultura, el cultivo de lavanda y el turismo rural en el proyecto «Olivares de Miel» y «Olivares Vivos», que, con su proyecto LIFE Olivares Vivos+, se ha extendido más allá de España a Italia, Grecia y Portugal—, tienen como objetivo aumentar la biodiversidad, reducir la erosión del suelo y rentabilizar la inversión en cultivos de cobertura.

Esto se puede lograr principalmente mediante una formación adicional y exhaustiva en cultivos intercalados y esfuerzos específicos para mejorar el marketing, la comunicación y las estrategias de marca para vender productos de alta calidad y valor añadido a consumidores con conciencia medioambiental.

La Comisión de Supervivencia de Especies de la UICN declaró en su informe publicado en junio de 2024 que «la transi­ción hacia prácticas más sus­ta­bi­les, como la agri­cul­tura orga­níca y el uso de cultos­ de cubri­erta, es esen­cial para reduc­ir la huella am­biental de la produc­ción de acei­te de oliva».

Este objetivo se ha visto reforzado por las nuevas disposiciones establecidas en la PAC de la UE, vigente hasta 2027, concretamente la introducción de programas ecológicos (para España, tal y como se especifica en el Plan Estratégico de la PAC español y en la Estrategia de Biodiversidad de la UE para 2030), con el reconocimiento del alto valor ecológico y social de los resultados de conservación del medio ambiente de los olivicultores comprometidos, para obtener mayores beneficios no relacionados con los productos básicos.